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domingo, noviembre 02, 2008

Divergencia y desviación en Erving Goffman

El presente artículo pretende resumir y comentar el capítulo cinco titulado “Las divergencias y la desviación” del libro “Estigma” del sociólogo Erving Goffman , autor del que ya hemos tratado en este blog en artículo dedicado ha reseñar su libro "Internados" y el que analicé el proceso de construcción social del yo según el citado autor.

El divergente surge en el mismo momento en el que surge el grupo social; todo grupo social administra una serie de roles a los individuos que forman parte del cuerpo social y cuando alguien no entra en este reparto o no asume su rol con la perfección debida se le considera un divergente. Algo que no analiza Goffman en este capítulo pero que es de fácil deducción al leer la obra del sociólogo canadiense es hasta que punto el divergente y el grupo social no sólo establecen relaciones de oposición sino de mutua interdefinición; el grupo queda cohesionado frente a lo otro y el otro adquiere identidad negativa al desidentificarse del grupo. La historia de la divergencia es la historia del grupo social; pero mientras que en el término divergente no está implícito aún ningún matiz peyorativo en el concepto de desviado entiende Goffman que sí: el desviado sería el divergente que es rechazado por el grupo.
En grupos sociales aislados o pequeños el divergente puede tener un status social alto por el mero hecho de ser divergente ya que su diferencia no tiene porque implicar una reestructuración de roles dentro del complejo social. Por ejemplo, la capacidad de escuchar voces extrañas de un chamán siberiano es un rasgo divergente frente a la vida cotidiana de la tribu; sin embargo, si este rasgo divergente se asocia a un status social diferenciado, a veces claramente “superior”, el resto del grupo social no se ve obligado a asumir como propia esa divergencia por lo que la convivencia social no sería entorpecida en absoluto.
El primer desviado que define Goffman es el “desviado endogrupal”que se desvía de un grupo un grupo social concreto no simplemente de sus normas en conjunto. El tonto del pueblo, el payaso del pelotón o el gracioso de la clase son desviados endogrupales que actúan, en muchas ocasiones como “mascotas” del grupo. A pesar de que recae cierto nivel de marginación sobre el desviado endogrupal también es cierto que si es atacado por miembros ajenos al mismo grupo puede acudir en su ayuda. El desviado endogrupal adquiere un rol especial en los límites del grupo mismo convirtiéndose en símbolo del grupo por su pintoresquismo y en actor de funciones bufonescas. No hay que confundir al desviado endogrupal con el aislado social que aunque interactúa con el grupo no forma parte de él y que en caso de ataque por parte de otros grupos deberá pelear solo.
Otro tipo de divergencia que estudia Goffman es aquella que es representada por individuos que rechazan manifiestamente el estatus social que se les supone y que actúan de forma rebelde ante las instituciones sociales admitidas como fundamentales: la familia, la escuela, los roles sexuales o raciales, el trabajo legítimo full-time, etc. Si el individuo adopta esta posición de rebeldía al orden de los roles sociales de un modo individual recibe el nombre de “excéntrico” o “raro” Si la actividad de rebeldía es colectiva y se centra en ciertos lugares se le denomina “cultista”. De estos divergentes son los que se reúnen en subcomunidades los que denomina Goffman “desviados sociales” que viven una vida colectiva, a los ojos de la sociedad, desviada. Ejemplos de estos desviados sociales pueden ser las prostitutas, delincuentes, miembros de sectas foráneas, homosexuales, etc. En ocasiones los desviados sociales rechazan su lugar ordinario en la sociedad con ostentación; es frecuente que los desviados sociales se sientan orgullosos de su posición marginal y que consideren que su vida sería menos plena si no vivieran dentro de la comunidad desviada. Este orgullo y ostentación de su rol hace que muchos normales rebeldes se adhieran al grupo desviado.
Diferentes a los desviados endogrupales y sociales existen otras dos clases de divergentes que pueden ser, no obstante, conexas a ellos. En primer lugar, están los miembros de la minorías étnicas o raciales con posiciones sociales desventajosas que trasmiten sus tradiciones hereditariamente y que por lo tanto portan algún rasgo distintivo frente al grueso de la sociedad normal; estos grupos minoritarios exigen muestra de lealtad explícita entre ellos. Un ejemplo de estas minorías en España pueden ser los gitanos.
En segundo lugar, están aquellos miembros de las clases bajas que de forma bastante evidente llevan marcas de su estatus. No hay que pensar que hablamos de clases delincuenciales sino clases trabajadoras económicamente débiles. Las marcas de estatus pueden ser el lenguaje, la forma de vestir, la apariencia, etc. Existen multitud de ejemplo de esta clase divergente en el humor basado en estereotipos. El estereotipo del “gañan” o del “cateto” cae dentro de esta divergencia; la pronunciación errónea de ciertas palabras, v. gr. “asandía”, “cocreta”, “ambondiga”, “amoto”,etc., también son signos distintivos en ciertas partes de España de un nivel socio cultural bajo.
Desgraciadamente estas cuatro clases, desviados endogrupales y sociales, minorías etno-raciales y miembros desfavorecidos con marcas distintivas de estatus, pueden sufrir, según Goffman, estigmatización por parte de la sociedad sin ser, sensu estricto, estigmatizados. En la sociedad moderna al ser obligada la interacción pública con elementos muy dispares del cuerpo social se producen fricciones con estos grupos que antes eran evitables y menos evidentes. Muchos de los miembros de los grupos etno-raciales minoritarios o con marcas de estatus económico bajo para evitar la estigmatización prefieren agruparse y vivir en comunidades más o menos cerrada; produciéndose así la guetificación y el reforzamiento de los rasgos distintivos. Si esto es algo positivo que permite que nuestra sociedad tan uniformada se heretogeinice o algo negativo que refuerza el aislamiento social de las minorías es algo difícil de determinar.

Sé feliz

domingo, octubre 05, 2008

La fabricación de la locura (y ii): el canibalismo existencial

“El principio vital para el animal predador que habita en la selva es: matar o ser muerto. Para el predador humano que habita en la sociedad, este principio es: estigmatizar o ser estigmatizado”

Thomas Szasz; La fabricación de la locura; Kairós 2005, p. 278

link a la continuación del artículo...

domingo, septiembre 28, 2008

La fabricación de la locura ( i ): brujería y locura

El libro de Thomas Szasz (1920-) La fabricación de la locura junto con El mito de la enfermedad mental la obra más famosa del autor. En La fabricación de la locura Szasz trata de mostrar como el estigma de la locura vino a sustituir el estigma de la brujería...

enlace al artículo

domingo, septiembre 21, 2008

El miedo a la libertad (y iii): libertad y democracia

“Nos sentimos orgullosos de no estar sujetos a ninguna autoridad externa, de ser libres de expresar nuestros pensamientos y emociones, y damos por supuesto que esta libertad garantiza —casi de manera automática— nuestra individualidad. El derecho de expresar nuestros pensamientos, sin embargo, tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios; la libertad de la autoridad exterior constituirá una victoria duradera solamente si las condiciones psicológicas íntimas son tales que nos permitan establecer una verdadera individualidad propia. ¿Hemos alcanzado esta meta o nos estamos, por lo menos, aproximando a ella?”
E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidós Contextos 2006 p. 248

De este modo comienza Fromm el último capítulo de su libro “El miedo a la libertad” en el que analiza la relación entre la libertad y la democracia. Aunque el la democracia parezca que los individuos podemos hacer lo que queramos siempre que no interfiramos en la convivencia Fromm se pregunta si realmente queremos lo que queremos, somos libres de hacer lo que queremos pero ¿somos también libres de querer lo que queremos? ¿Hasta que punto la sociedad democrática permite el pleno desarrollo de la voluntad del individuo, hasta que punto esta voluntad no está condicionada por la misma sociedad que parece tan liberada?

El proceso de represión de los sentimientos y pensamientos espontáneos empieza muy tempranamente, desde la iniciación del aprendizaje. Aunque Fromm no niega la necesidad puntual de reprimir la espontaneidad infantil para la socialización del niño, en muchas ocasiones se olvida que esa represión es un medio para la socialización pero no el fin mismo del proceso educativo. Un sentimiento normal del niño es el de aversión hacia el mundo externo y hacia otras personas pero desde las instancias educativas (padres, familiares, escuela...) se intenta que el niño quiera a todos los visitantes, familiares, cuidadores, etc. de este modo el niño sólo es maduro cuando es capaz de reprimir e incluso de eliminar sus sentimientos de aversión. De esta manera el niño aprende, igualmente, a ser simpático con todo el mundo y lo que la educación en la infancia no puede conseguir al final lo logrará la presión de la sociedad. El ser amistoso, simpático y feliz se transformarán en respuestas que el sujeto cuando haya terminado su proceso de socialización dará automáticamente como un interruptor que se enciende y se apaga. En ocasiones el individuo se dará cuenta del carácter externo de estos sentimientos pero en muchas ocasiones es seguro que perderá la capacidad de discernir sus sentimientos auténticos de sus pseudosentimientos. Los sentimientos son reprimidos y redirigidos hacia lo socialmente aceptable, esta represión explica la demanda sentimentaloide que satisfacen las películas o la música mal llamada romántica. La normalidad psicológica es mediocridad sentimental y la expresión de sentimientos auténticos una anomalía.

Un sentimiento que es especialmente reprimido en la democracia es el sentido de lo trágico, la certeza de la fragilidad del hombre y de su propia finitud. La muerte se ha transformado en un tema tabú y se esconde ya no sólo la muerte sino también su antesala: la vejez. De este modo se le arrebata al hombre aquello que daba mayor profundidad a su vida y a sus sentimientos de solidaridad con los otros hombres. Si la vida es algo que merece ser vivido a cada instante de manera plena es la seguridad de su finitud pero al quedar reprimida la muerte la vida nos muestra su perfil más romo y superficial. Sin embargo, como todos los sentimientos reprimidos la muerte vuelve a aparecer con una siniestra cara en nuestras pesadillas de felices hombres superficiales pero ahora ya, al haberse reprimido, carece de fertilidad y la muerte se nos muestra como terrible final de una vida inane e insustancial.

La conducta de insinceridad – a veces no intencionada- de los padres hacia sus hijos desalienta también el pensamiento independiente en el niño. La obsesión por la información (datos) que tiene el sistema educativo en vez de por el conocimiento (estructuras significativas) es otro lastre importante para el desarrollo del pensamiento espontáneo del niño. Hijo de esta concepción meramente informativa de la educación es el relativismo que considera que todo pensamiento vale y que por lo tanto carece de sentido realizar el esfuerzo de construirse una interpretación del mundo propia y personal. El relativismo y el culto a la información consiguen que el niño carezca de una visión estructurada del mundo de lo que la televisión o Internet hoy en día son en gran parte responsables: tras la noticia del bombardeo y muerte de cientos de personas en Irak se anuncia un producto dietético o una marca de condones sin solución de continuidad. Meros datos desunidos irrumpen en nuestra cabeza dejándonos incapaces de valorarlos o jerarquizarlos: indiferencia y chatedad de miras son los rasgos del hombre democrático contemporáneo.

De esta manera el hombre moderno ha perdido la capacidad para mostrarse tal cual es y se ha convertido en un autómata que cree ser libre; esta pérdida del yo ha aumentado la necesidad de conformismo social con la que intentamos ahuyentar las dudas sobre nuestra propia identidad.  Pero detrás de una aparente satisfacción y optimismo el hombre moderno oculta una profunda infelicidad y desesperación, hambriento de vida pero incapaz de saborearla acepta como sucedáneo cualquier cosa que pueda causar una excitación pasajera, sustituta de la verdadera alegría de vivir, como bebidas, deportes o identificación con personajes ficticios de la televisión.

Sólo gracias a la actividad espontánea podrá el hombre moderno sobreponerse a la desesperación y recuperar el sentido de vivir. Mediante la actividad espontánea el hombre evitará la soledad pero no tendrá que pagar el precio de perder su personalidad. El amor como relación libre y no como imposición o subordinación permite al hombre relacionarse con los otros en plenitud, manifestando su ser de manera propia y satisfaciendo, a la vez, su necesidad de relacionarse con otros hombres. El trabajo creador, como manifestación de la propia personalidad en el mundo objetivo funciona también como medio de autorealización; no se refiere Fromm al trabajo alienante y embrutecedor al que tantos estamos acostumbrados sino a ese trabajo-arte que toda la tradición intelectual marxista ha estado reivindicando desde sus inicios. Mediante el trabajo creador y el amor el hombre encuentra que la vida tiene su significado en sí misma, en el propio acto de vivirla. Pero no nos engañemos, las democracias burguesas han creado un mundo deshumanizado desensibilizado y en donde la anormalidad de la conformidad es la normalidad social que se propugna, defiende y persigue. Si el carácter fascista adoptaba mecanismos de evasión autoritarias el carácter democrático del hombre actual se evade de su libertad a través del mecanismo de la conformidad automática. ¿Es posible que la felicidad no sea, como lo es hoy, la meta de unos pocos privilegiados, soñadores o excéntricos? ¿Es posible la socialización de la felicidad, el fin de esta sociedad patológica?

“Tan sólo si el hombre logra dominar la sociedad y subordinar el mecanismo económico a los propósitos de la felicidad humana, si llega a participar activamente en el proceso social, podrá superar aquello que hoy lo arrastra hacia la desesperación: su soledad y su sentimiento de impotencia. Actualmente el hombre no sufre tanto por la pobreza como por el hecho de haberse vuelto un engranaje dentro de una máquina inmensa, de haberse transformado en un autómata, de haber vaciado su vida y haberle hecho perder todo su sentido. La victoria sobre todas las formas de sistemas autoritarios será únicamente posible si la democracia no retrocede, asume la ofensiva y avanza para realizar su propio fin, tal como lo concibieron aquellos que lucharon por la libertad durante los últimos siglos. Triunfará sobre las fuerzas del nihilismo tan sólo si logra infundir en los hombres aquella fe que es la más fuerte de las que sea capaz el espíritu humano, la fe en la vida y en la verdad, la fe en la libertad, como realización activa y espontánea del yo individual.”
ed. cit. pp 279-280

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Sé feliz

domingo, septiembre 14, 2008

El miedo a la libertad (ii): los mecanismos de evasión

En el artículo anterior sobre este tema expuse como, según Fromm en su libro "El miedo a la libertad", el hombre desde su infancia va desarrollando su individualidad conquistando paulatinamente una mayor libertad. Sin embargo el desarrollo de la libertad se veía entorpecido por múltiples causas que frustraban al sujeto en su evolución y le obligaban a huir de la angustia y de la soledad a través de mecanismos de evasión. En este post analizaré el funcionamiento de estos mecanismos de evasión.

El sujeto que cae en mecanismos de evasión podemos considerarlo psicológicamente anormal pero ¿qué es la controvertida "normalidad psicológica" a ojos de Fromm? Sin que nos percatemos de ello solemos trabajar con dos conceptos de normalidad psiquiátrica. Por una parte una persona será considerada normal desde una perspectiva social cuando es capaz de desempeñar el papel que le corresponde dentro de la sociedad en cuestión; por otro lado desde la perspectiva del individuo consideramos normal a aquella persona que desarrolla sus potencialidades en un grado alto y es feliz.

Como es extraño que una sociedad permita a todos los individuos el desarrollo pleno de sus potencialidades es frecuente que ambas definiciones de normalidad no coincidan e incluso sean contradictorias. Una mujer independiente y libre en el medioevo podía ser considerada una anormal y ser llevada a la hoguera por el simple hecho de buscar su propio autodesarrollo; pensemos también en ciertos colectivos sociales que por el simple hecho de su nacimiento, orientación sexual o creencia eran marginados y estigmatizados por las estructuras sociales imperantes como anormales. Pongamos el ejemplo de un carcelero nazi en un campo de trabajos forzados, en este caso la normalidad social es sinónimo de normalidad humana; en esta situación ¿qué carcelero sería más normal desde el punto de vista de los valores humanos el que se adapta a su trabajo con eficiencia o el carcelero neurótico? El neurótico según Fromm es el individuo que no ha podido adaptar sus motivaciones vitales al contexto social en el que vive, si ese contexto social es patologizante podría darse el caso que su anormalidad social fuese un síntoma de normalidad desde la perspectiva meramente individual. La palabra neurosis o normalidad social sólo tienen valor para Fromm en relación con la adaptación del individuo a su contexto social pero no nos dice nada sobre la normalidad del individuo como tal. De hecho los mecanismos de defensa que vamos a ver a continuación son mecanismos que el individuo adopta como defensa hacia la intromisión social en su autodesarrollo; estos mecanismos son callejones sin salida en donde el desarrollo personal del individuo queda anclado y suelen generar grandes dosis de sufrimiento y frustración, aún así estos mecanismos pueden ser perfectamente admitidos por la sociedad.

Existen tres mecanismos de evasión fundamentales: el autoritarismo, la destructividad y la conformidad. Pasamos a continuación a analizar el autoritarismo que en palabras de Fromm:

"consiste en la tendencia a abandonar la independencia del yo individual propio, para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de adquirir la fuerza de que el yo individual carece"
 E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidos Contextos 2006 p. 156.


Este autoritarismo se muestra en dos caracteres típicos, el sádico y el masoquista, que suelen combinarse frecuentemente en el carácter sadomasoquista . El carácter sádico se distingue por el placer que le proporciona someter física o moralmente a otras personas y convertirlas en meros instrumentos de su voluntad. Estas tendencias sádicas están fuertemente racionalizadas y permanecen generalmente a un nivel inconsciente; el sádico se oculta su carácter bajo la forma de una extremada bondad o una exagerada preocupación por el prójimo que le empuja a someterlo "por su bien". El sádico depende emocionalmente de la persona a la que somete, es tanto el tirano como el esclavo de su víctima ya que los únicos sentimientos de fuerza que el carácter sádico posee son los que nacen del hecho de ser el dominador de alguien.

El carácter masoquista es la contrapartida del carácter sádico, si este encontraba su sentimiento de fuerza en el someter a otros el masoquista haya tranquilidad y reposo en  renunciar a su identidad en beneficio de terceras personas que ejercerán el poder sobre él como guías o autoridades incontrovertibles. Tanto el carácter sádico como el masoquista hayan la fortaleza de su yo en una relación de poder con otra persona; ambos persiguen lo mismo aún con actitudes tan encontradas: evadir al individuo de su insoportable sensación de soledad e impotencia. Pero ambas soluciones son meras huidas, el sujeto pretende pertenecer a algo pero esa pertenencia es ficticia y las obligaciones de ejercer cada vez mayor poder (sadismo) o mayor sumisión (masoquismo) para evitar la angustia y la soledad que siempre acechan hacen que estos mecanismos de evasión acaben produciendo estados de sufrimiento psíquico más profundos de los que se pretendían evitar. Aún así en sociedades totalitarias el carácter sádico-masoquista podría ser considerado socialmente normal y adaptarse perfectamente a estructuras de poder rígidas.

En ocasiones el sadomasoquismo se ha confundido con el amor pero el amor, realmente, se basa en una relación de igualdad y libertad en donde el pleno desarrollo de las potencialidades del amante es o debería ser compatible con el desarrollo del amado. La subordinación masoquista a una figura de autoridad (es de triste actualidad los casos de mujeres que dicen tolerar el maltrato porque "aman" a su maltratador) puede generar alguna pseudo satisfacción psicológica como mecanismo de evasión pero no puede ser considerado amor. Por otro lado aquella persona que manda y somete a otras personas por amor hacia ellas, por su propio bien también está confundiendo una relación de dominio sádico con un sentimiento de amor genuino. 

La relación sadomasoquista no se basa en la fuerza sino en la debilidad, es la muestra de la incapacidad del individuo para mantenerse solo y subsistir como una realidad diferenciada en el mundo; el sádico-masoquista no muestra en su conducta poder ni fuerza sino impotencia para relacionarse armónicamente con el mundo real y humano que le rodea ya que sólo puede dominarlo o someterse a él. Por todo lo anterior podemos decir que la persona sadomasoquista se caracteriza porque su relación hacia la autoridad es de admiración y sometimiento pero, al mismo tiempo, desea poseer esa autoridad para ejercerla sobre otros más débiles que él. Fromm denominará a esta personalidad sadomasoquista personalidad autoritaria, esta personalidad autoritaria que busca la evasión de su propia libertad en el mandar y en el obedecer es la que ha sostenido y sostiene a los regímenes autoritarios de diverso cuño.

La personalidad autoritaria en las actuales democracias parece tener un papel marginal pero no es necesariamente así según Fromm. En la Edad Media y en los gobiernos fascistas la autoridad estaba personificada por reyes, obispos, maestros, etc. con la llegada de la Reforma empezó a emerger un nuevo concepto de autoridad: la autoridad subjetiva, la propia conciencia como guía inflexible de nuestros actos y nuestros deseos; sin embargo, el triunfo de la democracia burguesa en occidente parece que trajo aparejado una mayor laxitud de esa conciencia individual, de ese super-yo que constreñía la mentalidad victoriana hasta llevarla a la histeria. ¿Podemos por lo tanto decir que haya muerto la autoridad tal y como la entendemos? Para Fromm no, la autoridad ahora se ha vuelto autoridad anónima, se ha transformado en normalidad social, psicológica, de costumbres, etc. la televisión ha tenido mucho que ver en ello y los modelos normales de conductas que nos proponen los programas y los noticiarios no nos son impuestos sino que más bien se nos dan como ya dados y tácitamente aceptados por todos. En esta situación el hombre moderno aún es en buena medida siervo de patrones de conductas que vienen pseudoimpuestos por una normalidad anónima e impersonal.

El segundo mecanismo de evasión del que trata Fromm es de la destructividad. Mientras que el carácter sádico pretendía someter al mundo el carácter destructivo pretende aniquilar todo lo que se oponga a su personalidad. La comparación con la realidad muestra al individuo destructivo su pobreza psicológica y para evitar esta comparación odiosa el sujeto opta por destruir el objeto que le genera esta sensación desagradable.

"La vida posee un dinamismo íntimo que le es peculiar; tiende a extenderse, a expresarse, a ser vivida. Parece que si esta tendencia se ve frustrada, la energía encauzada hacia la vida sufre un proceso de descomposición y se muda en una fuerza dirigida hacia la destrucción. En otras palabras: el impulso de vida y el de destrucción no son factores mutuamente independientes, sino que son inversamente proporcionales. Cuanto más el impulso vital se ve frustrado, tanto más fuerte resulta el que se dirige a la destrucción; cuanto más plenamente se realiza la vida, tanto menor es la fuerza de la destructividad. Esta es el producto de la vida no vivida."
E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidos Contextos 2006 p. 194.

Cuando una persona se dedica a actividades destructivas sin que haya razón clara para ello la sociedad suele considerarlo un enfermo o un elemento asocial. Por lo tanto cuando una persona posee conductas destructivas tiene que ocultarlas tras una fuerte racionalización socialmente aceptada para poder ser admitido en el grupo al que pertenece.

El tercer y último mecanismo de evasión del que nos habla Fromm es la conformidad automática. Se entiende por conformidad automática aquel mecanismo de evasión que hace que el yo del individuo se diluya en la sociedad circundante, se puede comparar al mimetismo del camaleón que lo hace indistinguible de su entorno; el individuo que adopta la conformidad automática como forma de conducta habitual adopta el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales, es igual a todo el mundo y se comporta tal y como se espera que se comporte.

Casi siempre el individuo conformista considera que su línea de actuación es propia y libremente elegida pero en realidad no es así, más bien ocurre que este tipo de individuo racionaliza los motivos por los que adopta la conducta conformativa. Las ideas que surgen espontáneamente del pensamiento son siempre nuevas y originales mientras que las racionalizaciones de los motivos no hacen más que confirmar los prejuicios emocionales que se encuentran ya dentro del mismo individuo. Esto nos hace preguntarnos hasta qué punto podemos decir que nos pertenecen nuestras decisiones cuando muchas veces no han surgido de una elección personal sino que hemos sido empujados a ellas por miedo al aislamiento o incluso por amenazas directas sobre nuestra vida o libertad. Fromm llega a afirmar que es posible que en muchas personas, incluidos nosotros mismos, el número de decisiones originales es un fenómeno relativamente raro; la mayoría de las veces los motivos por los que adoptamos un comportamiento u otro no están basados en verdaderas elecciones autónomas del individuo. El mecanismo de conformidad automática sería un caso extremo de esta despersonalización de las decisiones, el individuo no elige su destino aunque así lo parezca y lo crea.

La sustitución de pseudoactos en lugar de actos propios y personales conduce finalmente a una sustitución del yo original del individuo por un pseudoyó que se comporta como un actor que representa el papel que le ha sido asignado. Pero al igual que los otros dos mecanismos de evasión analizados la conformidad también lleva al sujeto a una situación sin salida:

"La pérdida del yo y su sustitución por un seudoyó arroja al individuo a un intenso estado de inseguridad. Se siente obsesionado por las dudas, puesto que, siendo esencialmente un reflejo de lo que los otros esperan de él, ha perdido, en cierta medida, su identidad. Para superar el terror resultante de esa pérdida se ve obligado a la conformidad más estricta, a buscar su identidad en el reconocimiento y la incesante aprobación por parte de los demás. Puesto que él no sabe quién es, por lo menos los demás individuos lo sabrán... siempre que él obre de acuerdo con las expectativas de la gente; y si los demás lo saben, él también lo sabrá... tan sólo con que acepte el juicio de aquéllos."
E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidos Contextos 2006 p. 213.

La conformidad automática es el mecanismo de evasión propio del hombre democrático que se encuentra en una extraña paradoja: es libre para hacer lo que quiere pero es incapaz de querer libremente. De la conformidad automática como mecanismo psicológico propio del ciudadano democrático trataremos en el siguiente post sobre "El miedo a la libertad".

Sé feliz


lunes, septiembre 08, 2008

El miedo a la libertad (i): La libertad como problema psicológico

El miedo a la libertad (1941) es una de las obras más influyentes y reconocidas del filósofo judío Erich Fromm (1900-1980). Fromm perteneció a la escuela de Frankfurt pero su interpretación heterodoxa del marxismo lo alejó del círculo. Su pensamiento es muy deudor del psicoanálisis al que intenta reconciliar con el marxismo elaborando una síntesis original con la que analizaría y criticaría tanto al capitalismo como al socialismo de Estado. Este es el primero de una serie de artículos en donde expondré los puntos más relevantes y sugerentes de la obra ya citada "El miedo a la libertad".

El proyecto del libro es analizar las causas psicológicas del fascismo y del capitalismo. La pregunta de Fromm es cómo es posible la emergencia de movimientos totalitarios que han sido amparados por las clases medias que encumbraron en otro tiempo a la democracia y que reclamaron cada vez mayor independencia de la Iglesia o de los señores feudales. Aunque ataca con dureza el fascismo también la democracia es objeto de una profunda crítica ya que la estructura psicológica que permite y sostiene el sistema capitalista no es, según Fromm, una estructura de la personalidad sana y espontánea como veremos en artículos próximos.

Para analizar el trasfondo psicológico de la democracia y del fascismo Fromm comienza haciendo una puntualización. La personalidad no es fruto casual del azar, la personalidad es, en buena medida, una creación social. El carácter del hombre medieval y del hombre moderno son fruto en gran parte del contexto sociológico en el que se encuentran; hoy en día, por ejemplo, el tópico del carácter mediterráneo, anglosajón o africano tiene relación con esta idea de Fromm de la fuerte relación entre personalidad y contexto sociológico. No obstante, la personalidad no es sólo fruto del contexto social sino que ella misma posee un dinamismo propio que la hace evolucionar y hace también que las estructuras sociales se adapten a ella. La relación de la personalidad y la sociedad es una relación fuerte pero compleja que tiene que ver más con la retroalimentación que con la dependencia ya que de igual modo que el ser humano tiene necesidades fisiológicas imperativas también posee necesidades psicológicas que la sociedad debe satisfacer (necesidad de relaciones sociales, de desarrollo personal, de seguridad...) para que la personalidad tipo permanezca sin variaciones. Como diversos factores, sobre todo de índole económica, varían la estructura de las sociedades, a veces abruptamente, las sociedades en ocasiones no pueden satisfacer las necesidades psicológicas de sus personalidades tipos por lo que estas personalidades sufren una reestructuración que acarreará en definitiva una reconstrucción de las mismas estructuras sociales.

Para explicar las fuertes relaciones entre sociedad y personalidad Fromm presentará el proceso de individuación como un proceso de adquisición de libertad que es entorpecido o enriquecido por el contexto social. El niño pequeño, según nuestro autor, al desarrollarse va adquiriendo independencia de los vínculos primarios: es capaz de andar sin que lo lleven en brazos, puede comer sólo o salir a la calle sin que sus padres vigilen de él. Pero esta libertad tiene un carácter ambiguo ya que libera al niño para hacer cosas pero también libera al niño de unos vínculos que le otorgaban seguridad y confianza. El niño que empieza a andar sólo pronto descubre que puede caerse y que ya su madre no está ahí para sostenerlo en brazos. Ante estos elementos "negativos" de la libertad el hombre puede huir de su propia libertad es decir de su propia personalidad para reintegrarse en un grupo mayor en donde sentirse seguro, este mecanismo de huida lo llama Fromm sumisión pues su finalidad es abandonar la propia personalidad y obedecer normas externas al propio individuo que espera, gracias a este procedimiento, un cierto apaciguamiento de su sensación de soledad. Pero del mismo modo que el bebé no puede volver al vientre materno el hombre no puede retornar a sus vínculos primarios, la sumisión es un retorno a ninguna parte ya que por un lado la seguridad primigenia del infante tiene que ser comprada a un altísimo precio: la renuncia a la personalidad; y, por otro lado, estos vínculos recompuestos artificialmente no son los mismos que amparaban al niño pequeño. La sumisión, al final, sólo genera hostilidad, rebeldía y una angustia mayor de la que quería evitar.

Sin embargo, a través de la relación espontánea con los otros hombres y con la naturaleza (amor y trabajo) el individuo sí puede desarrollarse independientemente y establecer nuevos lazos sociales sin renunciar a su propia personalidad. Esto sería relativamente fácil si el proceso natural del crecimiento del yo no se viera interrumpido por causas sociales de múltiple naturaleza; en esta situación el individuo en el proceso de autodesarrollo ve sus expectativas amputadas por condicionamientos extrapersonales y en esta situación es factible que caiga en algún mecanismo de evasión que le permita superar la frustración que le produce el conflicto insalvable entre su desarrollo y los límites sociales que se le imponen. En unas circunstancias en donde las condiciones económicas, sociales y políticas no ofrecen posibilidades a la autorrealización del individuo este se ve tentado a algún tipo de abandono de la libertad ya sea buscando la sumisión o una relación con los hombres y el mundo que le prometa darle certidumbre aún a precio de su propia libertad.

En el próximo artículo sobre este tema trataré los diferentes mecanismos de evasión de los que habla Fromm en su libro: el autoritarismo, la destructividad y la conformidad. Para terminar este post dejo un pequeño texto en donde Fromm analiza el relato bíblico del pecado original como búsqueda de la libertad y adquisición de independencia:

"Una imagen particularmente significativa de la relación fundamental entre el hombre y la libertad la ofrece el mito bíblico de la expulsión del hombre del Paraíso. El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elección, pero acentúa singularmente el carácter pecaminoso de ese primer acto libre y el sufrimiento que éste origina. Hombre y mujer viven en el Jardín edénico en completa armonía entre sí y con la naturaleza. Hay paz y no existe la necesidad de trabajar; tampoco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensamiento. Le está prohibido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armonía con la naturaleza de la que forma parte sin trascenderla. Desde el punto de vista de la Iglesia, que representa a la autoridad, este hecho constituye fundamentalmente un pecado. Pero desde el punto de vista del hombre se trata del comienzo de la libertad humana. Obrar contra las órdenes de Dios significa liberarse de la coerción, emerger de la existencia inconsciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano. Según el mito, el pecado, en su aspecto formal, está representado por un acto contrario al mandamiento divino, y en su aspecto material por haber comido del árbol del conocimiento. El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón. El mito se refiere a otras consecuencias del primer acto de libertad. Se rompe la armonía entre el hombre y la naturaleza. Dios proclama la guerra entre el hombre y la mujer, entre la naturaleza y el hombre. Este se ha separado de la naturaleza, ha dado el primer paso hacia su humanización al transformarse en "individuo". Ha realizado el primer acto de libertad. El mito subraya el sufrimiento que de ello resulta. Al trascender la naturaleza, al enajenarse de ella y de otro ser humano, el hombre se halla desnudo y avergonzado. Está solo y libre y, sin embargo, medroso e impotente. La libertad recién conquistada aparece como una maldición; se ha libertado de los dulces lazos del Paraíso, pero no es libre para gobernarse a sí mismo, para realizar su individualidad."

E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidos Contextos 2006 pp. 56-57

Sé feliz

miércoles, marzo 26, 2008

Pan y la pesadilla (ii): el pánico


“Los que tienen miedo son aquellos que no asumen su miedo”

Jacquel Brel

Es fácil darse cuenta hasta que punto “no tener miedo a nada” es uno de los estereotipos occidentales que aún hoy es muy valorado. El miedo es algo negativo, propio de cobardes, en las películas americanas el apelativo “gallina” es una expresión despectiva habitual. Cristo no tiene miedo al martirio, ni los cristianos sacrificados en el circo, Hércules baja al Hades sin pestañear, Aquíles se enfrenta a la muerte segura matando a Hector sin temor... El temeroso, el cobarde, el gallina o el timorato son perfectos ejemplos de antihéroes de nuestro imaginario colectivo occidental. Hillman el su obra “Pan y la pesadilla” analiza el papel que debe ocupar el miedo, el pánico en nuestra vida psíquica. A continuación algunos fragmentos de la obra de Hillman que tratan sobre este tema:


“El miedo, en cuanto patrón instintivo de comportamiento, en cuanto parte de la “sabiduría del cuerpo”, por utilizar la expresión de Cannon, nos proporciona una conexión con la naturaleza (Pan) semejante al hambre, la sexualidad o la agresión. El miedo, igual que el amor, puede convertirse en un reclamo para la conciencia; uno encuentra lo inconsciente, lo desconocido, lo numinoso y lo incontrolable cuando tiene contacto con el miedo, que eleva el ciego pánico instintivo del rebaño al sagaz, astuto y reverencial temor del pastor.”

[...]

“No tener miedo, estar libre de angustia, de temor, ser invulnerable al pánico, significaría una pérdida de instinto, de conexión con Pan. Los que carecen de miedo tienen sus escudos; cuentan con construcciones que previenen de imprevistos, defensas sistemáticas que mantienen a raya la sorpresa”

[...]

"El pánico, especialmente de noche, cuando la ciudadela está a oscuras y el yo heroico duerme, constituye una participation mystique directa con la naturaleza, una experiencia fundamental, incluso ontológica, del mundo vivo e inmerso en el terror. Los objetos se convierten en sujetos; se mueven con vida mientras nosotros nos hallamos paralizados por el miedo. Cuando la existencia se experimenta a través de los niveles instintivos del miedo, la agresión, el hambre o la sexualidad, las imágenes adquieren una vitalidad propia e irresistible. Lo imaginal nunca resulta tan vívido como cuando nos hallamos instintivamente conectados con ello. El mundo vivo es, por supuesto, animismo. Que este mundo sea divino e imaginado por diferentes dioses con sus atributos y características es panteísmo politeísta. El que el miedo, el terror y el horror sean naturales es sabiduría. En términos de Whitehead, 'naturaleza viva' significa Pan, y el pánico abre una puerta hacia esta realidad"


James Hillman; Pan y la pesadilla; Ed. Atalanta 2007, p. 57-59

Articulos relacionados:

Pan y la pesadilla (i) (link)
Pan y la pesadilla (iii): la masturbación
Pan y la pesadilla (iv): fantasía y psicopatología
Pan y la pesadilla (y v): la violación




Sé feliz

domingo, marzo 23, 2008

Pan y la pesadilla (i)

El libro “Pan y la pesadilla” (editorial Atalanta) recoge dos obras sobre la figura de Pan: “Ensayo sobre el dios Pan” obra del psicólogo norteamericano James Hillman y “Efialtes” del filólogo alemán Wilhelm Heinrich Roscher. Mientras que el ensayo de James Hillman me resultó bastante sugerente y profundo a pesar de su brevedad la obra de Roscher, aún teniendo cierto interés erudito, me pareció demasiada especializada. En este artículo y los siguientes me centraré en analizar algunas partes de la obra de Hillman.


“Los motivos internos brotan de una fuente profunda”, empieza diciendo Hillman. Los motivos reales nos son desconocidos, parte de un trasfondo oculto, biológico y cultural, biológico en cuanto nos relacionan con la Naturaleza, cultural en cuanto nos relacionan con el universo de lo imaginario (léase “mitología” en el sentido más amplio). Sin embargo el monoteísmo de la conciencia, nuestra verdadera religión a juicio de Hillman, niega el trasfondo interno de nuestros motivos y al intentar exteriorizarlos en la conciencia los aniquila. Un retorno al universo mitológico y arquetípico de Occidente es decir el retorno a Grecia nos permitirá evitar el conflicto entre la bella y la bestia, entre el caos y la unidad.


Este “retorno a Grecia” es una constante en la cultura occidental: Roma, el Renacimiento o el Romanticismo suponen una renovación helenística de nuestro imaginario que permitió el desarrollo y el progreso de nuevas y originales imágenes artísticas, poéticas, filosóficas o científicas. Occidente se debate entre hebraísmo monoteísta y helenismo politeísta. El hebraísmo se aviene a un marco arquetípico de heroísmo yoico: Jesús, Mitra o Hércules representan el individuo heroico que de un modo u otro combate contra un mundo hostil. La Reforma protestante es otro ejemplo de hebraísmo toda vez que en el protestantismo el individuo, como unidad indivisible, se enfrenta a Dios frente a frente como en una especie de encuentro primordial.


Sin embargo la psique actual no es una psique heroica sino una psique en crisis que tiene otras fantasías que se relacionan con múltiples caminos que hollar y con un concepto fragmentario de la existencia. El camino de la psique en crisis es el helenismo ya que la huida hacia el orientalismo o el chamanismo, a juicio de Hillman, son simplistas al olvidarse de nuestra historia:


“El helenismo, sin embargo, nos aporta la tradición de la imaginación inconsciente; la complejidad politeísta griega anticipa nuestras situaciones psíquicas complicadas y desconocidas.” (p. 17)


Desde esta perspectiva va a utilizar Hillman la figura de Pan en su libro como clave interpretativa de nuestros terrores, anhelos y necesidades más profundas.


Sé feliz

Continuaciones a este artículo:

Pan y la pesadilla (ii): el pánico(link)
Pan y la pesadilla (iii): la masturbación(link)
Pan y la pesadilla (iv): fantasía y psicopatología
Pan y la pesadilla (y v): la violación

Otros trabajos sobre "Pan y la pesadilla":

Dos escogidas recopilaciones de textos de la obra en Cabalgando al Tigre [1] y [2].
Artículo de Pablo Romero en la web de la Fundación Carl Gustav Jung.

martes, marzo 04, 2008

Introducción al psicoanálisis

este artículo ha cambiado de ubicación aquí

viernes, febrero 29, 2008

La construcción social del yo

En este trabajo vamos a exponer y analizar como se desarrolla el yo dentro de una entidad social. Subrayaremos en este trabajo la importancia de los vínculos sociales para la construcción efectiva del yo. Para realizar este trabajo nos basaremos principalmente en el artículo del sociólogo canadiense Erving Goffman "La vida íntima de una institución pública" recogido en su libro Internados: ensayo sobre la situación social de los enfermos mentales editado por Amorrortu en traducción de María Antonia Oyuela de Grant.

El individuo, como ser social que es, precisa de pertenecer a alguna institución social. Biológicamente está determinado siempre a pertenecer a una familia aún cuando la amplitud de la misma y los compromisos inherentes a su pertenencia tienen una abigarrada plasticidad cultural. Más allá de la familia están otras instituciones sociales de infinidad de tipos: instituciones políticas (aldea, país, partido...), laborales, informales, etc. La participación en cualquier entidad social implica para el individuo algún tipo de compromiso al tiempo que una lógica adhesión. Fruto de esta adhesión y compromiso la entidad social impone al individuo una concepción de sí mismo aún cuando también reconoce límites a esa imposición. Esta imposición es mayoritaria, cuando no únicamente, implícita y muy raramente explícita. Por ejemplo, el hecho de que una entidad social admita a un individuo en su seno implica que la susodicha entidad considera que ese sujeto es digno de tal pertenencia y se va a comportar según lo que se espera de él. Lo que se espera de él puede ser radicalmente distinto de una institución social a otra ya que en el ejemplo anterior la institución podría haber sido tanto la policía como un grupo de atracadores, entidades sociales que obviamente esperan de sus miembros actitudes diferentes.

¿Cómo se relaciona el individuo con esta imagen que el grupo social le presupone y finalmente le impone? Hay tres posibilidades extremas. El individuo puede ignorar completamente esa imagen presupuesta y desafiar el rechazo social que esta postura implica; puede, por otra parte, ser un cumplidor fiel de ese modelo tanto en su comportamiento exterior como en su íntimo autoconcepto; finalmente, puede despreciar esa imagen impuesta por la institución social en su autoconcepto aún cuando cumpla todas las obligaciones implícitas en esa imagen en sus actos externos. No obstante, en la vida real raramente un individuo adopta alguno de estos modelos unilateralmente sino que más bien se niega a aceptar completamente las implicaciones de su pertenencia social manifestando un puntual rechazo de palabra u obra a pesar de que cumpla las obligaciones más importantes.

Ya hemos mostrado que el individuo ofrece al grupo social su compromiso y su adhesión pero ¿qué le ofrece la entidad social al individuo? El grupo social ofrece al individuo bienestar de múltiples formas (salario, parte en el reparto, calor del hogar...) a la vez que provee al individuo de unos valores conjuntos entre él y la institución social; es decir, la institución social hace que algunos de los intereses del grupo coincidan con los del individuo. Pero además del bienestar y la creación de valores conjuntos la institución provee al individuo de incentivos especiales por su adhesión; estos incentivos pueden estar más formalizados (la antigüedad en el trabajo que implica un aumento salarial automático) o menos (el nombramiento como "empleado del mes") pero esa diferencia no es relevante. Lo realmente importante de la provisión de incentivos es que la institución social admite con ellos que el individuo puede tener, y de hecho generalmente tiene, intereses que vayan más allá de los del grupo social y que incluso entren en conflicto unos intereses y otros. Esta admisión es también la que permite que a la par que existen incentivos haya también castigos para los individuos más díscolos de la institución social.

En el momento en el que el individuo asuma cualquiera de las prerrogativas de la institución está admitiendo su adhesión a ella y su compromiso a cumplir con la imagen que sobre sí mismo le impone la institución. Por supuesto, no asumir estas prerrogativas implica un acto de alejamiento de la institución: no acudir a una cena familiar, no mostrar interés en el cumplimiento de los fines de la parroquia a la que se pertenece, no aceptar la oferta de afecto de la pareja, etc. implican actos que distancian al sujeto de la institución social a la que supuestamente pertenece.

"[...] si todo establecimiento social puede contemplarse como un centro del que sistemáticamente surgen ciertos conceptos implícitos sobre el yo, podemos llegar un poco más lejos, y concebirlo como un lugar donde los participantes enfrentan sistemáticamente estos conceptos implícitos. Faltar a las actividades prescritas, o realizarlas en formas, o con fines no prescritos, significa sustraerse al yo oficial, y al mundo que por disposición oficial era accesible para ese yo. Prescribir actividad es prescribir un mundo: eludir una prescripción puede ser eludir una identidad"
op. cit. p. 188

La disciplina en el actuar que el grupo intenta imponer al sujeto es mucho más que una forma de actuar, es una forma de ser uno mismo, de ahí la lucha del individuo contra esa imposición sobre su ser. Cuando el individuo colabora con la entidad social asumiendo el ser que ella intenta imponerle actuando de un modo predeterminado podemos decir que el sujeto realiza un ajuste primario. Cuando, al contrario, el individuo se opone a esta imposición sobre su ser se dice que realiza un ajuste secundario. Ser cumplidor y puntual en el trabajo serían ajustes primarios, escaquearse para salir a fumar o simular estar enfermo para no ir a la oficina serían, lógicamente, ajustes secundarios.

En un primer momento podría pensarse que los ajustes secundarios debilitan a la entidad social pero no necesariamente tiene que ser así. Debemos distinguir entre dos tipos de ajustes secundario: en primer lugar están los ajustes secundarios violentos, aquellos que buscan abandonar la institución social o alterar su estructura con mayor o menor radicalidad. Ejemplos de estos ajustes secundarios violentos podrían ser desde un ataque terrorista (que intenta romper o alterar la institución social de un Estado concreto) a la formalización de una petición de divorcio (que busca la ruptura de la institución del matrimonio). Por otro lado el ajuste reprimido, que es el segundo tipo de ajuste secundario que trata Goffman, se amolda externamente a las estructuras institucionales sin introducir ninguna presión para que la institución social cambie de rumbo. Este segundo tipo de ajuste secundario no sólo no pretende la destrucción de la entidad social sino que incluso puede apuntalarla ya que canaliza esfuerzos que de otro modo sí podrían ser destructivos para la institución. Esta es la razón por la que en muchas ocasiones los ajustes secundarios sean conocidos por la alta jerarquía de la institución social sin que la misma haga nada por suprimirlos: los ajustes secundarios quedan dentro del sistema social aún cuando sea en su periferia. Ejemplo de ajustes secundarios reprimidos pueden ser el absentismo escolar en los centros educativos de enseñanzas secundarias o las infidelidades dentro del matrimonio; en ambos ejemplos se ve que la finalidad evidente y última no es la destrucción de las instituciones sino saltarse reglas de las mismas para el propio provecho.

La frecuencia de los ajustes secundarios es mayor de lo que podemos imaginar, como dice el propio Goffman: "Donde quiera que se imponen mundos, se desarrollan submundos.".

El tema de los ajustes secundarios es especialmente interesante porque muestra hasta que punto el individuo se suele mostrar desafecto hacia la imagen que de sí mismo quiere imponerle la entidad social. Para mostrar esto Goffman habla de un tipo muy especial de ajuste que denomina "actividades de evasión". Gracias a la actividad de evasión el sujeto puede olvidarse de sí mismo y de cualquier consideración que el entorno social quiera imponerle; por unos instantes el individuo se recluye en un mundo en el que no tiene cabida las imposiciones de rol usuales. La religión, el trabajo alienante, las drogas, etc. son actividades de evasión típicas. Al ser un ajuste secundario reprimido la institución social suele ser permisiva con estas actividades de evasión, siempre que no traspasen ciertos límites e intensidad. La embriaguez social de "las grandes ocasiones" cumple este fin social: por un lado el individuo rompe con las ataduras sociales habituales (bromea, rompe las jerarquías, se disfraza, usa lenguaje equívoco, etc.); por otro, una vez acabada la actividad de evasión el sujeto vuelve a su vida cotidiana tal cual, cumpliendo con las obligaciones del rol. Las actividades de evasión suponen una liberación momentánea que, de facto, refuerza la cohesión social de la institución a la que el individuo puntualmente evadido pertenece.

Muchos sociólogos han confirmado que algunas prácticas de ajustes secundarios parecen ser valoradas antes por el simple hecho de que estén prohibidas que por los objetivos que mediante ellas mismas se alcanza, esto es la "sobredeterminación". Este fenómeno de rebelarse por rebelarse parece tener como finalidad mostrar que el hombre que lo realiza le queda alguna porción de personalidad e independencia inmunes a las imposiciones de la organización. De aquí se sigue otro hecho sociológico interesante y es que por regla general e muchas instituciones el cumplimiento de los roles sociales se produce a la par que ciertas actitudes de insubordinación ritual; esta insubordinación ritual tiene como fin, de nuevo, mostrar cierta independencia respecto al rol que la institución le endosa al individuo. Esta insubordinación ritual en ocasiones hace uso de la ironía y no traspasa la frontera que acarrearía la sanción. La lentitud al obedecer una orden, una excesiva e histriónica muestra de arrepentimiento ante una reprimenda, gestos miméticos sincronizados, mascullar o rezongar entre dientes son formas de esta desobediencia de baja intensidad.

Como conclusión podemos decir que es norma general que en toda institución social el individuo reserve algo de sí mismo fuera del alcance de la institución, un espacio de intimidad que mantenga una distancia entre él y las imposiciones del rol. El individuo parece definirse sociológicamente dentro de la entidad social como una realidad intermedia entre la identificación con el todo social y el rechazo absoluto. La identidad del sujeto surge sólo en un entorno social pero también contra ese mismo entorno social.

"Sin algo a que pertenecer, el yo carece de estabilidad. Por otro lado, el compromiso total y la total adhesión a cualquier unidad social, suponen la anulación relativa del yo. La conciencia de ser persona, proviene tal vez de la unidad mayor en la que estamos inmersos; la conciencia del yo, quizá vaya esbozándose a través de las resistencias minúsculas que oponemos a la poderosa atracción de esa entidad. Si nuestro status se apoya en las más sólidas construcciones del mundo, el sentido de nuestra identidad personal suele, por el contrario, radicarse en sus grietas."
op. cit. p. 316

Ama y vive

jueves, febrero 14, 2008

El método de la Realización Simbólica

En el presente post voy a comentar la terapia de la realización simbólica de la psicoanalítica suiza Marguerite Sechehaye (1887-1964) para el tratamiento de la esquizofrenia. Me baso en este trabajo fundamentalmente en el libro de Sechehaye “La realización simbólica” y los apuntes de la enferma esquizofrénica que Sechehaye trató titulados “Diario de una esquizofrénica”.


La esquizofrenia (del griego, schizo: "división" o "escisión" y phrenos: "mente") es definida como una patología psiquiátrica caracterizada por un pensamiento desestructurado, delirios, alucinaciones y alteraciones afectivas y conductuales. El paciente esquizofrénico percibe la realidad profundamente distorsionada y tiene significativos problemas para mantener conductas motivadas y de interacción social normal. (Wikipedia)


Desde el psicoanálisis de Freud la esquizofrenia, como todas las psicosis, es una ruptura del inconsciente con la realidad. Es decir, el sujeto esquizofrénico rechaza el principio de realidad del Super-Yo y crea una realidad imaginaria que le permita satisfacer aquellos impulsos inconscientes imposibles de satisfacer en la realidad. Esta realidad esquizofrénica choca con la realidad social y de ahí provienen la mayoría de los conflictos del paciente con el mundo: se siente en soledad desconectado del mundo real que le rodea. Esta ruptura con el mundo real surge usualmente debido a un trastorno primitivo durante la formación del Yo en la infancia.


Dado la desconexión del esquizofrénico con la realidad la terapia lingüística del psicoanálisis clásico no es efectiva ya que el enfermo no es capaz de una comunicación completa con su terapeuta pues ha cortado los vínculos simbólicos que permitirían una comunicación. Esta ruptura es precisamente el problema central del esquizofrénico. En todo caso, hay que decir que la terapia psicoanalítica clásica aunque no fuese del todo eficiente, según la propia Sechehaye, sí alivia al enfermo al intentar reforzar sus vínculos lingüísticos con lo Real. A pesar de esto cuando progresa la enfermedad y aumenta la desligazón del enfermo con el mundo la terapia psicoanalítica clásica se torna inviable.


EL CASO RENÉE


Con estos antecedentes teóricos se encontraba Sechehaye cuando conoció a Renée a la que al menos quince psiquiatras analizaron dando un diagnóstico parecido: esquizofrenia, hebefrenia en desarrollo, demencia precoz, paranoia esquizofrénica... Sin ninguna excepción los psiquiatras consideraron el caso como perdido, se esperaba una desintegración esquizofrénica total que acabaría en la idiotez. A pesar de este negro panorama Sechehaye emprendió la larga terapia que daría como fruto la curación de la enferma.


Renée sufrió en su primera infancia cierta falta de delicadeza afectiva por parte de sus padres. Las bromas de su padre sobre la desnudez de Renée o las burlas cuando la niña solicita comida hace que se desarrolle en ella un violento sentimiento de venganza. Por otra parte a la edad de cinco años la niña tiene que soportar continuas peleas de los padres motivadas porque el padre sale a menudo con una amiga. Renée decide vigilar al padre con un miedo horrible. La madre amenaza a la niña con abandonarla y el padre para “consolarla” le dice que en lugar de su madre vendrá una negra con grandes dientes que morderá tanto a la madre como a Renée o bien que la niña tendrá que ir a una hacienda donde unas grandes vacas se la comerán.


Otra broma del padre es proponerle cierto día a Renée alquilar una lancha para ahogarse juntos lo que genera en la niña miedo a la par que ira hacia su padre.


Cuando Renée tiene diez años el padre desaparece con su amiga y todos los ahorros efectivos de la familia con él. La pobreza e incluso la miseria hacen acto de presencia en casa y Renée se siente en la responsabilidad de tomar el papel de su padre al ser la hermana mayor. Continuos cambios de domicilio dificultan la aclimatación de la niña.

“ Más o menos al cumplir los doce años, la niña tiene ocasionalmente ilusiones ópticas, pero sin resultados afectivos dignos de mención. Al entrar en un zaguán cree ver gente que, rodeada de coches-cuna, toma el té. No osa acercarse por temor a molestar esta reunión. En otra ocasión se le aparece en la iglesia el sacerdote como muñequito movido por hilos. El sacerdote le parece ser también personaje de película, que se mueve en la pantalla sin vivir en la realidad. En una reunión de niños se asombra sobremanera al observar que todos los presentes tienen cabecita de cuervo.”


M.-A. Sechehaye; La realización simbólica. Diario de una esquizofrénica; FCE primera reimpresión 1973. pp. 23-24.


A partir de estas alucinaciones el estado de Renée empeora tanto mental como físicamente sufriendo una regresión que la empuja a jugar con muñecas a la edad de diecisiete años. El contacto con la realidad de Renée es ya mínimo y superficial; en este estado de “desintegración mental” según palabras del médico que la remite a Sechehaye llega a la consulta de la psicoanalítica. Es Julio de 1930 y Renée está apunto de cumplir dieciocho años.


EL PSICOANÁLISIS CLÁSICO:


Se inicia el psicoanálisis clásico con la charla entre paciente y doctor en el que Renée descubre sus traumas infantiles como raíces de sus sentimientos de culpa. Se observa en este periodo una leve mejoría: es más paciente con sus hermanos, ha aumentado su confianza en sí misma e incluso trabaja algo mejor para la escuela. Una muestra más de su mejoría es que Renée obtiene sus calificaciones finales y encuentra trabajo en una oficina. Sin embargo Sechehaye observa que el mero hecho de encontrar las causas del sentimiento de culpa no hacen que el Yo deje de autocastigarse... como se esperaba la enfermedad de Renée sigue avanzando inexorablemente debajo de la superficie.


¿Cómo abrir la llave que abre la protegida puerta del autocastigo? Sechehaye altera un poco el tratamiento clásico del psicoanálisis y en vez de sentarse a la espalda de la paciente, lo que genera una evidente sensación de soledad, se sienta junto a ella en el sofá para que la enferma compruebe que alguien la ve y la escucha. De este modo la enferma se siente apoyada contra sus miedos. Pero ni siquiera esto es suficiente para detener la enfermedad de Renée que sigue avanzando sin remisión.


La enferma empieza a escuchar voces absurdas: “Mediterráneo, batalla de Trafalgar...” o trozos de canciones religiosas. Siente el impulso de encender un fuego y arrojarse a él o al menos quemar su mano derecha; en un primer momento podía contener estos impulsos autodestructivos pero en la oficina en la que trabajaba con perfecta lucidez sigue el impulso morboso de quemarse la mano derecha y es observada por su jefe. Esto conllevará su internamiento psiquiátrico que a su vez provocará un shock en la enferma que acelerará su deterioro mental.


En 1932 Renée tiene 20 años y su deterioro mental es agudo, casi no come, cree ser una gata hambrienta que se alimenta de los huesos de muertos o que disminuye paulatinamente de edad dándole pavor llegar a los cero años. De este periodo son este fragmento:


“Mi querida mamá, me empeño mucho –para darte gusto-. Deseo tanto ir hacia tu cuerpo. Odio esta vida. Tómame. Me alegro de entrar nuevamente en tu cuerpo. Nunca más oiría gritar. Mamá, me esfuerzo por comer y vestirme, pero es tan difícil. Si lo logro, estarás feliz, y trabajaremos juntas para las personas iluminadas. Aun para aquellas que se iluminaron por una perversión, pero principalmente para las que tienen una gran pena.

“Viene el circo. Odio el circo. Pero en lo que se refiere a la comida cumpliré con mi deber. Las flores no deben vivir, por eso las destruyo. Es antropofagia comerse las verduras, ¿verdad, mamá? Recibe un gran beso de tu pequeña Renée, sí: de Renée –no de una ortiga-. Renée volverá al cuerpo de mamá. Mamá, está oscuro en el bosque. Cubrir las paredes con paja. No abrirse. Los malos. Defiéndeme contra Antipiol.”


Ed. cit. p. 44.



Pero afortunadamente en esta fase Sechehaye descubrió su terapia de realización simbólica. Después de escuchar los desvaríos de la enferma la psicoanalítica descubrió el sentido de algunos símbolos que Renée usaba para a continuación explicárselos a la convaleciente. Sin embargo la respuesta de Renée esa una comprensión intelectual pasajera e incluso un rechazo a separarse de sus símbolos. En este momento Sechehaye empezó a responder a la enferma con su propio lenguaje simbólico... pero aún esto, a pesar de ser un paso adelante, resultó insuficiente. Tuvo que llegar algo más allá en el uso de los símbolos.


LA REALIZACIÓN SIMBÓLICA:


En este apartado vamos a explicar como Sechehaye llegó a descubrir la terapia de la realización simbólica y en qué consiste esta terapia.


Es Octubre de 1933 y Renée tiene 21 años; vive en una pensión y la terapia de la doctora choca incesantemente con el sentimiento de culpa de la enferma. El mayor problema es que Renée se niega a ingerir cualquier otro alimento que no sean espinacas, ya que no poseen valor alimenticio y comerlas no le provoca sentimientos de culpa, o manzanas. Renée robaba las manzanas de un huerto hasta que fue sorprendida por la campesina dueña, lo que provocó un profundo sufrimiento en la enferma. Cuando Sechehaye le ofrecía manzanas compradas en la frutería también las rechazaba diciendo, aparentemente de modo contradictorio, que no le estaba permitido comer otra cosa que no fuesen manzanas. En esta tesitura Renée con un miedo terrible fruto de un conflicto con la hospedera de la pensión visitó a Sechehaye y esta se propuso desentrañar el sentido simbólico de las manzanas. Le dijo a Renée que le daría todas las manzanas que quisiera a lo que ella respondió que “[...] esas son manzanas compradas, manzanas para adultos. ¡Yo quiero manzanas de la madre, como estas!” señalando el pecho de la doctora.


Este gesto de la paciente mostró a Sechehaye el simbolismo de las manzanas: representaban el alimento materno, la leche materna (manzano=madre=tierra) que le había sido negado en su primera infancia de lactante. Esta frustración de un deseo lógico en la infancia provocó que la niña se quedase atascada en el estado de “realismo moral” que generó la imposibilidad de un desarrollo correcto de su psiquismo adulto. Renée había permanecido psíquicamente ligada a su madre sin poder llegar a una vida de independencia hasta que en su desarrollo su espíritu se truncó. Esta fractura de su desarrollo provocó que la agresividad tomase posesión de ella dirigiéndola, principalmente, hacia ella misma: le estaba prohibido nutrirse.


“Por fin comprendí lo que debía hacer. Las manzanas representan la leche de la madre, tengo que dárselas como una madre que da el pecho a su hijo: tengo que darle yo misma el símbolo, directamente y sin intermediario, y a horas fijas. Para probar mi hipótesis, decidí poner inmediatamente manos a la obra. Traje una manzana, corté un pedazo para dárselo, y le dije: “Es tiempo de beber la buena leche de las manzanas de la madre. Mamá te la dará.” Renée se apoyó en mi hombro, colocó la manzana sobre mi pecho y comió con los ojos cerrados, ceremoniosamente y con expresión de felicidad”

Ed. cit. p. 47.


De este modo la psicoanalista empezó a suministrar las manzanas a Renée como una madre da el pecho a su hijo: a horas fijas, con su presencia inmediata y alentando a la enferma a que comiese. No podía dársele a Renée leche de vaca o cualquier otro alimento que casase más con lo que estos alimentos sustituían, la leche materna, ya que el sentimiento de culpa sobre el deseo reprimido exige que se encubra la satisfacción con un símbolo. El enfermo esquizofrénico busca con su creación delirante la satisfacción de algún deseo infantil frustrado que no le ha permitido desarrollarse psíquicamente con normalidad; la creación delirante es una creación simbólica y por lo tanto la satisfacción se produce al nivel del símbolo, una vez desentrañado lo que el símbolo representa podemos hacer pasar al paciente al siguiente estadio de desarrollo hasta acompañarlo al final de su evolución psíquica, es decir, hasta su curación.


Empezando con las manzanas progresivamente Sechehaye logró que Renée fuese tomando alimentos más variados y sobre todo lo más importante fue que Renée volvió a vivir una vez más en la realidad aún cuando fuera fragmentariamente. La alegría de Renée por esta mejoría fue la misma que la de un ciego de nacimiento al ver la luz por primera vez.


El método simbólico continuó con ciertas vicisitudes en las que no me voy a detener ya que lo fundamental era la exposición del método de realización simbólica; aún así es preciso apuntar que si la terapia de realización simbólica funcionó fue porque para Renée, según la doctora, los símbolos no son tales sino que corresponden a realidades; Renée se sitúa debido a su enfermedad en una participación presimbólica, mágica con la realidad.


El rasgo principal de la disposición mágica de la mente de Renée se muestra en que el Yo no está bien separado del no-Yo. Por ejemplo, cuando la enferma necesita algún objeto que está fuera de su alcance le hace un gesto para que se aproxime o si tropieza con un mueble y se hace daño Renée le sacaba la lengua en señal de burla.


Renée también cae en el animismo en la relación con las partes de su propio cuerpo: cuando le dolió un diente le dijo a la doctora Sechehaye “¡Mamá, mi diente se porta mal, habla con él!”, acto seguido la doctora reprendió al diente y le conmino a que se comportase bien sintiendo la enferma, a continuación, una mejoría que le permitió reconciliar el sueño.


Estos pensamientos mágicos que aparecieron en los últimos estadios de la curación de Renée fueron desapareciendo mediante la aplicación de la terapia de realización simbólica.


En Abril de 1940 tras ocho años de terapia se confirma la curación total de la paciente sin recaídas. Comenzó estudios biológicos y una serie de investigaciones que le hicieron merecedora de un premio universitario.


Sechehaye siempre se mostró crítica con aquellos que consideraron que la fuente de la curación de Renée fue su afecto hacia la enferma y no la terapia en sí. La doctora expone datos clínicos esclarecedores que muestran que su afecto por la enferma y su curación no fueron en paralelo como sí lo fueron la utilización de símbolos y la recuperación final de Renée. Por otro lado, cualquier persona que conozca lo que representa una enfermedad tan compleja como la esquizofrenia comprenderá la imposibilidad de curarla con mero “amor maternal”.


COMENTARIO FINAL:


Me gustaría apuntar ciertas reflexiones tras esta exposición de la terapia de realización simbólica de Marguerite Sechehaye. En primer lugar, es interesante como la psicoanalítica rompe con la relación paciente-enfermo del psicoanálisis clásico, en vez de una posición de distante superioridad con respecto al enfermo la doctora Sechehaye opta por un posicionamiento de mayor cercanía con respecto a su paciente. Este cambio de posición, sin embargo, no implica que la paciente deje de ver a la doctora como apoyo o incluso guía; el psicoanalista sigue actuando como “conductor” de la terapia pero desde una actitud de guía cercano al enfermo. Esta posición, por supuesto, incrementa los peligros de trasferencia no sólo en sentido enfermo-psiquiatra sino también en sentido psiquiatra-enfermo.


La lectura del libro de Sechehaye y sobretodo el diario de Renée en donde narra como va progresando su enfermedad me han reafirmado en el planteamiento de que la enfermedad mental es más una perspectiva social sobre un individuo concreto (el llamado enfermo) que una patología objetiva. Los trastornos por los que pasa Renée bien podrían considerarse en otras culturas como visualizaciones de otras realidades colindantes, superiores o superpuestas a la nuestra. Una persona que escucha voces ¿qué es un enfermo o un visionario? A mi juicio lo que produce tanto sufrimiento en los enfermos esquizofrénicos de las sociedades occidentales es principalmente la perspectiva monosimbolista sobre la realidad: sólo un juego de símbolos, el racionalismo, es el válido para captar el mundo real, fuera de este juego simbólico de lo racional no cabe más que la irracionalidad, la locura y la patología.


En España de vez en cuando sigue surgiendo el debate de si la homosexualidad es una enfermedad ¿lo es? Desde la perspectiva monosimbolista lo ha sido en el pasado y lo sigue siendo pero ¿desde la perspectiva de un lacedemonio del siglo V a.C. lo sería? La enfermedad mental no es tanto un modo concreto de comportarse de la persona estigmatizada, el llamado “enfermo”, sino un modo de ver ese comportarse por parte de la sociedad. En este sentido muchas de las sociedades llamadas primitivas integran al sujeto que nosotros denominaríamos esquizofrénico dentro de una interpretación del mundo polisimbolista en donde pueden convivir diversos accesos a la realidad. Mientras que en el racional occidente el llamado esquizofrénico es considerado un paria y más o menos estigmatizados en algunas culturas primitivas se integra en la sociedad en la figura del chamán:


“En el capítulo precedente hemos citado muchos ejemplos de vocación chamánica manifestada adoptando la forma de una enfermedad. A veces no se trata exactamente de una enfermedad propiamente dicha, sino más bien un cambio progresivo de la conducta. El candidato se trueca en un hombre meditativo, busca la soledad, duerme mucho, parece ausente, tiene sueños proféticos y, a veces, ataques. Todo estos síntomas no son más que el preludio de la nueva vida que espera, sin saberlo, al candidato. Su proceder recuerda, por otra parte, las primeras señales de la vocación mística, que son las mismas en todas las religiones y harto conocidas para que estimemos necesario insistir en ellas.

Pero se dan también “enfermedades”, ataques, sueños y alucinaciones que deciden en poco tiempo la carrera de un chamán.”


Mircea Eliade; El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis; FCE séptima reimpresión 2003; p. 47.


Otra cuestión que me planteé al leer la obra de Sechehaye fue la relación del pensamiento mágico con la evolución de nuestro psiquismo. Ya Piaget había advertido que el niño pasa en su infancia por una especie de animismo que dota de vida a todos los objetos de su mundo incluso personificándolos. Sechehaye comprueba rastros de este animismo en Renée cuando los más graves síntomas de la esquizofrenia parecen haber remitido. Piaget y Sechehaye, el primero en el desarrollo del niño y la segunda en la enferma esquizofrénica, hayan vestigios de pensamiento mágico en la mente humana que vemos aflorar en la vida adulta. Desde una perspectiva racionalista este afloramiento de elementos mágicos-animistas es una regresión o una falla en el desarrollo psíquico; desde otra perspectiva los elementos mágico-animistas suponen los cimientos en donde está anclada nuestra vida psíquica consciente. La negación de estos elementos mágico-animistas traen la inestabilidad psíquica del mismo modo que un edificio con cimientos debilitados se tambalea y cae. El símbolo como realidad es el lenguaje profundo de nuestro espíritu, las abstracciones racionales que olvidan su origen simbólico son como árboles que han olvidado que se mantienen firmes hacia el sol sólo gracias a sus profundas raíces que penetran la obscura tierra.


La terapia de Sechehaye, si se ha entendido correctamente, es acompañar al enfermo en un desarrollo psíquico frustrado que no pudo tener lugar en la infancia; el desarrollo psíquico insuficiente fue lo que creó en el paciente la patología así que para sanar esa frustración deben satisfacerse esas necesidades del desarrollo a través de símbolos, en tanto que la satisfacción real no es ya posible. El paciente, junto con el terapeuta, rehace el camino del desarrollo del psiquismo no de un modo literal sino imaginal, simbólico. Cuando comprendí el método de Sechehaye no pude evitar pensar en los ritos de iniciación de algunas sociedades llamadas primitivas e incluso en algunos ritos iniciáticos de sociedades secretas occidentales en donde el leit motiv es el “renacimiento” del iniciado. Veamos a continuación dos textos que tratan de este renacimiento, el primero de Sechehaye en donde explica una fase de la terapia que finalizó con la curación de Renée, y el segundo de Mircea Eliade en donde narra un rito de iniciación de la antigua India:


“Retirarse al autismo significa negarse a toda responsabilidad frente a la vida y producía un violento sentimiento de culpabilidad. Y este sentimiento de culpabilidad respecto del autismo era la causa, como en todo sentimiento de culpabilidad inconsciente, por la que quedaba fija e este estado. Para liberar a alguien de ese sentimiento, hay que darle permiso para que satisfaga un deseo. Debe tener la autoridad para poder retirarse al autismo con el fin de perder tal sentimiento y apenas después deshacerse de él. La causa es obvia: el deseo de retirarse al vientre materno despierta el sentimiento de culpabilidad, ya que la madre quiere obligar al niño a que viva; no desea guardarlo en su vientre.

Tuve que acompañar a Renée hasta la última regresión hasta el autismo, y otorgarle de este modo el derecho de poder retirarse al vientre materno cuando sufría demasiado.”

Sechehaye, op. cit. pp. 66-67


“Por el momento, permítanseme citar algunos ejemplos ilustrativos acerca del tipo no peligroso de regreso al estado embrionario. Empecemos con las iniciaciones brahmánicas. No intentaré presentarlas en su totalidad; nos limitaremos al tema de la gestación y el nuevo nacimiento. En la antigua India, la ceremonia upanayana –es decir, la presentación del muchacho a su maestro- es el homólogo de las primitivas iniciaciones de la pubertad. En realidad, en la antigua India están presentes algunos de los comportamientos de los novicios entre los pueblos primitivos. El brahmacharin vive en casa de su maestro, se viste con la piel de un antílope negro, no come nada excepto la comida que mendiga, y está ligado a un voto de castidad absoluta [...]. Desconocida para el Rig-veda, la upanayana aparece documentada por primera vez en el Atharva-veda (XI, 5, 3), expresando claramente el tema gestación y renacimiento; se dice que el maestro transforma al muchacho en un embrión y le mantiene en su vientre durante tres noches. El Shatapatha-brahmana (XI, 5, 4, 12-13) ofrece los siguientes detalles: el maestro concibe cuando deposita su mano en el hombro del muchacho, y al tercer día el muchacho renace como brahmán. El Atharva-veda (XIX, 17) llama “dos veces nacido” (dvi-ja) a quienes han pasado por el upanayana”.

Mircea Eliade; Nacimiento y renacimiento; Ed. Kairós, primera edición 2001, pp. 85-86.


Realmente parece que las propuestas de algunos psicoanalistas e historiadores de las religiones herederos de Jung parecen acertadas cuando interpretan el mito, la iniciación o el hecho religioso en general como una psicoterapia social. Quizás Sechehaye se adelantó en su praxis psicoanalítica a teorizaciones posteriores sobre la economía psíquica del acto iniciático.


Como colofón a estas reflexiones me gustaría hacer la más arriesgada consideración: ¿realmente los estados alterados de conciencia nos transportan a otras realidades? ¿son factibles fenómenos psíquicos en esos estados alterados que en los estados normales son sólo quimeras? Voy a citar un texto del diario de Renée que ni ella ni su psicoanalista consideraron relevante, dejo al lector la explicación del mismo ya como mera coincidencia ya como guste:


“El ingreso en una clínica para enfermos nerviosos o simplemente en una clínica, me provocaba una terrible angustia. Pero, por lo menos, debía agradecer que no me habían internado por la fuerza como estuvo a punto de suceder.

A este respecto, me aconteció algo extraordinario, único en mi vida. Desde que recibía órdenes del Sistema, temía constantemente mi entrada definitiva en el País de la Iluminación. En teoría, esto significaba permanecer para siempre en la irrealidad, sin ningún contacto posible con “mamá” [se refiere a la doctora Sechehaye]; prácticamente significaba: ser internada en un hospital para enfermos mentales. Había establecido perfectamente el lazo entre el país de la Iluminación y el estado de locura: los enfermos mentales eran “iluminados” y entrar en una clínica psiquiátrica era ser definitivamente iluminada.

Varias veces le dije a “mamá”: “Tengo miedo de que vengan a buscarme para llevarme donde están los iluminados”. En efecto, diez días después de la visita del médico del Consejo de Vigilancia, vinieron a buscarme a mi casa para internarme legalmente; iban un enfermero, un asistente social o una asistente de la policía, ya no lo recuerdo. Afortunadamente, yo estaba fuera y mi familia ignoraba dónde me hallaba. Fue un sábado hacia las seis de la tarde. Este día, después de mi sesión, acompañé a “mamá” a una conferencia y estando en ella me sorprendió una terrible angustia en medio de la cuál dije a “mamá”: “El guardián de Bel Air (así se llamaba el asilo del cantón) viene a buscarme, está aquí. ¡Tengo miedo, tengo miedo! ¡Protéjame, se lo suplico!” Repetí estas mismas palabras varias veces, pero aunque no veía ningún guardián, tenía el sentimiento de que amenazaba un peligro inminente. En realidad, ignoraba todo lo que se tramaba a mis espaldas y no sospechaba siquiera que se me quería internar ese mismo día.

“Mamá” me tranquilizó y me separé de ella sin temor. Emprendí a pie el camino a mi domicilio, que se encontraba a una media hora del lugar de la conferencia y del domicilio de “mamá”. Iba a buen paso, puesto que aún tenía que hacer las compras del sábado. Súbitamente, me detuve. Y sin angustia, sin ninguna idea representativa, movida por una fuerza invisible di la vuelta y regresé a casa de “mamá”. Cuando abrió la puerta se asombró mucho de verme allí, pues era la primera vez que esto me sucedía: nunca antes me había acongojado a mitad del camino y agregué estas palabras: “Vengo para que me proteja del guardián. Quiere aprehenderme.” Me apenaba un poco molestar a “mamá” sin un motivo real muy urgente, tanto más cuanto que la angustia que sentí en la conferencia había ya desaparecido. “Mamá”, naturalmente, me recibió muy bien y me detuvo con ella alrededor de una hora y cuarto. Después me fui y cuando llegué a la casa, me sorprendió una atmósfera extremadamente tensa. Pregunté de qué se trataba y ante mi insistencia mis hermanos me contaron lo sucedido: un enfermero (el guardián) y una asistente social vinieron para buscarme en la ambulancia del asilo para internarme según las órdenes del Consejo de Vigilancia. La hora de su llegada coincidió con el final de la conferencia, o sea exactamente con el momento en que tuve el agudo sentimiento de que un guardián del país de la Iluminación había venido a buscarme y que se lo dije a “mamá”. Parece que me esperaron una hora y media. Si no hubiera tenido esa marabillosa intuición a la mitad del camino de regreso, habría llegado a la casa demasiado pronto y me habrían llevado por la fuerza. Gracias a esta intuición, escapé de un shock del cual me hubiera sido muy difícil reponerme. Fatigados de esperarme y sin saber a qué hora regresaría, se fueron.”


Sechehaye, op. cit. pp. 152-153


Sé feliz


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