La educación académica: un dios de hojalata (i)
"Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas la ciencia, de la que esperaba, con la insensatez de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, es la que me ha estropeado todo. En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía y me consumo al sol del mediodía." Friedrich Hölderlin
Las pasadas fiestas de Navidad decidí leer un libro que tenía en mente desde hace algún tiempo, el libro es “Mi familia y otros animales” de Gerald Durrell. Es una autobiografía suis generis del autor en sus años de niñez que pasó en la isla griega de Corfú. Es una maravillosa obra humorística que derrocha humanidad y amor a la naturaleza no obstante, este libro, en principio simple y superficial, me planteó una cuestión que ha estado rondando en mi mente desde entonces. La pregunta, que puede resultar un tanto radical pero, a la luz de este sencillo libro, es completamente planteable, es: ¿como de necesaria es la educación académica para la formación de una personalidad plena?
El pequeño Gerald Durrell en la mediterránea isla de Corfú va desarrollando un paulatino interés por los animales y las plantas de la isla. Caza lechuzas, pesca estrellas de mar, disecciona una tortuga muerta que encuentra en alta mar etc. Con el paso de los años este autor se transformó en un importante naturalista que trabajó en defensa del medio ambiente hasta el fin de sus días. El caso, sin embargo, es que la formación “oficial” de la escuela era reducida, incluso mínima. Narra las fatigosas y esporádicas clases con diferentes preceptores de las que no recuerda nada más que su incapacidad para el francés y la geografía. En ese clima de total libertad y casi carente de una educación escolar se desarrolló un niño que con el pasar de los años se transformó en un reputado zoólogo. Hoy en día que se escucha reiteradamente ese eslogan de que el nivel académico de los alumnos es pésimo me pregunto qué importancia tiene ese tan rimbombante nivel académico para el verdadero desarrollo de los alumnos... cada día sospecho más que la importancia es ninguna.
El domingo pasado terminé de leer el bellísimo libro de A. S. Neill “Summerhill” y mi opinión acerca de la nula importancia del sistema de formación académico se ha visto reforzada. La educación se ha transformado en un ídolo para el pensamiento democrático actual como la asistencia a la Iglesia lo fue para el pensamiento medieval. Piensa en tu etapa de estudiante ¿a cuantas injusticias te enfrentaste sin armas contra ellas? ¿cuantos excesos tuviste que admitir sabiéndote indefenso ante ellos? ¿cuantas veces quisiste reclamar un examen y comprendiste que eso era una inutilidad? Cuando hayamos respondido a todas estas preguntas quizás debamos plantearnos cuales fueron esos valores ciudadanos tan cacareados en los atriles de la defensa de la educación que nos fueron inculcados desde la más tierna infancia.

Poco a poco las guarderías, los colegios, los institutos e incluso las universidades se han transformado en almacenes de bebés, niños, adolescentes y jóvenes. Perfectas maquinarias para transformar a cualquier persona en un fiel votante del PP o del PSOE, en forofo seguidor de la Selección o en fan de “Gran Hermano”. Conocimientos muertos e inútiles emponzoñan nuestras escuelas.
Masificación es antónimo de libertad; el individuo en el universo académico no es más que un número entre cientos, cuando no miles. Así como en la sociedad post-industrial el trabajador se transforma en un engranaje más de la maquinaria de producción, el sistema académico de estas sociedades reproduce ese modelo antropológico. El fracaso escolar, en ocasiones, demuestra más espíritu de rebelión y de hastío que estupidez; la brillantez académica más servilismo que inteligencia.
En un país desarrollado una persona con formación superior debe invertir aproximadamente un tercio de su vida en la formación académica... quizás no estaría de más recordar esa frase de Oscar Wilde: “La educación es algo admirable, pero conviene recordar de vez en cuando que nada que merezca saberse puede ser enseñado”.
Este post, he de admitir, me ha quedado poco constructivo; en el próximo intentaré, de un modo más constructivo, mostrar otras formas de educación no liberticidas.
El domingo pasado terminé de leer el bellísimo libro de A. S. Neill “Summerhill” y mi opinión acerca de la nula importancia del sistema de formación académico se ha visto reforzada. La educación se ha transformado en un ídolo para el pensamiento democrático actual como la asistencia a la Iglesia lo fue para el pensamiento medieval. Piensa en tu etapa de estudiante ¿a cuantas injusticias te enfrentaste sin armas contra ellas? ¿cuantos excesos tuviste que admitir sabiéndote indefenso ante ellos? ¿cuantas veces quisiste reclamar un examen y comprendiste que eso era una inutilidad? Cuando hayamos respondido a todas estas preguntas quizás debamos plantearnos cuales fueron esos valores ciudadanos tan cacareados en los atriles de la defensa de la educación que nos fueron inculcados desde la más tierna infancia.

Poco a poco las guarderías, los colegios, los institutos e incluso las universidades se han transformado en almacenes de bebés, niños, adolescentes y jóvenes. Perfectas maquinarias para transformar a cualquier persona en un fiel votante del PP o del PSOE, en forofo seguidor de la Selección o en fan de “Gran Hermano”. Conocimientos muertos e inútiles emponzoñan nuestras escuelas.
Masificación es antónimo de libertad; el individuo en el universo académico no es más que un número entre cientos, cuando no miles. Así como en la sociedad post-industrial el trabajador se transforma en un engranaje más de la maquinaria de producción, el sistema académico de estas sociedades reproduce ese modelo antropológico. El fracaso escolar, en ocasiones, demuestra más espíritu de rebelión y de hastío que estupidez; la brillantez académica más servilismo que inteligencia.
En un país desarrollado una persona con formación superior debe invertir aproximadamente un tercio de su vida en la formación académica... quizás no estaría de más recordar esa frase de Oscar Wilde: “La educación es algo admirable, pero conviene recordar de vez en cuando que nada que merezca saberse puede ser enseñado”.
Este post, he de admitir, me ha quedado poco constructivo; en el próximo intentaré, de un modo más constructivo, mostrar otras formas de educación no liberticidas.
Sé feliz





2 comentarios:
El Miedo enquistado en la Intelectualidad Argentina
por Eduardo R. Saguier
Investigador del CONICET
http://www.er-saguier.org
¿A que hondas razones culturales, políticas, sociológicas y psicológicas obedece el miedo enquistado en la opinión pública intelectual argentina?, ¿a qué obedece la autocensura, conformidad o resistencia a opinar críticamente sobre cuestiones que hacen a la democratización de la ciencia, el arte y la cultura?, ¿por qué motivos numerosos y consagrados intelectuales vienen callando la dominación autoritaria y facciosa que prevalece en las estructuras de los organismos de cultura argentinos?, ¿por qué motivo el Instituto Gino Germani (IGG) no encaró este drama, y por el contrario en la investigación de Naishtat y Toer (2005), las preguntas formuladas en las encuestas practicadas --a los miembros de los Consejos Directivos de la UBA-- se redujeron a problemáticas de muy relativa relevancia (la representatividad formal)?
Difícil es contestar estos interrogantes y aproximar un diagnóstico y una evaluación del trauma sufrido, dada la escasez de pruebas, testigos e investigaciones a las que se pueda recurrir (la mayor parte de los expedientes de estos casos no están al alcance de una investigación pues son confidenciales). Incluso, internacionalmente, los trabajos al respecto --aparte de los clásicos como los de Gouldner (1980) y Collins (1979)-- se focalizan exclusivamente en la clase profesional (Martin, 1991; y Schmidt, 2000). Sin embargo, pese a esta exigüidad, es nuestra obligación intentar ensayar una respuesta que indague en la desidia de la ciencia y la cultura argentina y en la negligente omisión de sus actores, que arroje algo de luz en la crisis que padecemos.
Tradicionalmente, la ciencia política ha probado que el miedo es un ingrediente propio de los regímenes fascistas y dictatoriales, donde la principal víctima es el intelectual independiente; y que por el contrario, en los regímenes democráticos, dicho miedo se va extinguiendo a medida que las libertades democráticas se consolidan. No obstante, la actualidad presente en los medios culturales argentinos permite verificar una realidad de signo adverso, pues aunque las instituciones democráticas se han restaurado y el modelo neoliberal fue derrotado, el miedo al poder persiste entre los intelectuales, artistas y científicos, de las ciencias duras y blandas, jóvenes y viejos, y a una escala e intensidad cada vez más crecientes.
Una explicación de estas dolorosas supervivencias sería que frente al inconcluso intento de restauración democrática y la parcial derrota experimentada por el neoliberalismo, al no haberse erradicado de cuajo dicha doble herencia -que quedó plasmada en actores cómplices de esas épocas y en prácticas, legislaciones, regulaciones y reglamentaciones antidemocráticas aún vigentes-- no se habría podido afianzar la participación y la confianza mutua de la comunidad intelectual. Una democracia inconclusa sería aquella que preserva escrupulosamente las formalidades y el protocolo, pero donde la transparencia y la sustancia deliberativa, meritocrática, competitiva y exogámica del ejercicio democrático está críticamente ausente, por la falta de voluntad política para oxigenar las instituciones culturales, las que se perpetúan sin autocrítica, y en condiciones herméticas, desjerarquizadas y fragmentadas. Su nocivo ejemplo se derrama a los niveles laterales correspondientes a las profesiones liberales, y a las escalas inferiores de las instituciones educativas, no bastando por ello con modificar sólo la Ley de Educación Superior, sino producir una democratización profunda de todas las instituciones de la cultura, incluidas las referidas a los medios de comunicación masiva.
Es decir, una comunidad donde los intelectuales no son físicamente perseguidos por sus opiniones, y donde no existe censura, cárcel ni patíbulo por el "pecado" de disentir; pero donde sin embargo el miedo a "descolocarse" o desubicarse con quienes detentan el poder --peligrando el puesto de trabajo o malogrando privilegios económicos, como incentivos, becas, subsidios y subvenciones-- está culturalmente enquistado y psicológicamente internalizado. En otras palabras, una comunidad donde rige una violencia simbólica ilegítima, tácita y/o latente, que está destinada ex profeso a domesticar y disciplinar las mentes, las conciencias y las vocaciones, subordinando a los intelectuales al status de cortesanos del poder, impone un silencio a dos puntas; que amedrenta a los jóvenes con bloquearles sus pretensiones de ascenso académico, y a la vieja guardia intelectual que persista en su independencia con sabotearles una jubilación digna. Este enquistamiento e internalización no les permitiría ensayar la voluntad de discrepar, ni proponer cambios, ni denunciar anomalías o corrupciones, ni prestar solidaridad alguna para con los que a juzgar por su independencia de criterio son segregados, anatematizados y/o moralmente acosados. Aunque les muerda el dolor del vacío, la indefensión y la pérdida de su autoestima, estos últimos se encontrarían ante la patética situación en la que "nunca podrían esperar una mano, una ayuda ni un favor".
Este inhumano y desolador cuadro, que se ceba en aquellos a quienes el sistema estigmatiza como chivos expiatorios, y que por el contrario premia y asciende a sus aduladores, esbirros y sicarios, intimida a la comunidad intelectual, la expulsa a una deserción y un ostracismo que aumenta la brecha con los países centrales, o la incita a refugiarse en patologías o pautas de conducta violatorias de los códigos académicos. Entre esas pautas rige la intriga, el chisme, el secretismo, la extorsión, el chantaje, la venganza, la traición, y el buscar seguridad y protección en trenzas, roscas y camarillas, que le permitan compartir los eventuales botines de guerra, y lo parapeten cual si fueran casamatas o búnquers, contra la indiferencia, la discriminación, la postergación y la represalia. Toda la libido intelectual estaría focalizada en "hacerse amigo del juez", en reforzar y consolidar identidades de tipo clánico, y en concertar vínculos insanos como el compadrazgo y la coalición en sectas o logias, con las que poder disputar con éxito las diferentes instancias de poder académico, científico y cultural (elecciones de claustro, integración de comisiones y comités editoriales, constitución de jurados y referatos, organización de congresos y simposios, etc.).
En ese enmudecimiento cómplice y en esas relaciones de poder cortesanas, genuflexas, ventajeras y oportunistas, y no en los méritos intelectuales propios, ni en las rupturas epistemológicas o metodológicas alcanzadas en sus investigaciones, ponencias y exposiciones, ni en las innovaciones tecnológicas con que exhiba su producción, estaría cifrada toda la esperanza de inmunidad, reconocimiento, cooptación y promoción académica. Esta búsqueda perversa de un nicho ilegítimo lo induciría a su vez a incurrir en diversos mecanismos ficticios y cínicos (fatuidad, imitación, simulación, adulteración, plagio, etc.), y en una constante propensión a rehuir la polémica o el debate franco, donde la originalidad, la creatividad y la fractura con lo establecido estarían obstinadamente ausentes.
Bibliografía
Collins, Randall (1979). The Credential Society: An Historical Sociology of Education and Stratification. New York: Academic Press.
Gouldner, Alvin W. (1980): El futuro de los intelectuales y el ascenso de la nueva clase. Madrid: Alianza;
Martin, Brian (1991): Knowledge and Power in Academia, Neucleus (Armidale Students' Association), Vol. 44, No. 4, 15 August 1991, p. 10 (abridged); Farrago (University of Melbourne), Vol. 70, No. 8, pp. 32-33; Rabelais (La Trobe University Student's Representative Council), Vol. 25, No. 7, August 1991, pp. 12-13, 33.
en: http://www.uow.edu.au/arts/sts/bmartin/pubs/91kpa.html
Naishtat, Francisco y Mario Toer, ed. (2005): Democracia y Representación en la Universidad. El caso de la Universidad de Buenos Aires desde la visión de sus protagonistas (Buenos Aires: Editorial Biblos);
Schmidt, Jeff (2000). Disciplined Minds: A Critical Look at Salaried Professionals and the Soul-Battering System that Shapes their Lives. Lanham, MD: Rowman & Littlefield. http://www.creativeresistance.ca/action/2002-feb01-disciplined-minds-review-mike-ryan-z-magazine.htm
Estimado saguier gracias por tu comentario. Estoy esencialmente de acuerdo con tu comentario. La educación universitaria posee unos sutiles instrumentos de control de la disención y para el adocenamiento del pensamiento libre. Me temo que tu diagnostico valga tanto para Argentina como para España o, igualmente, para cualquier pais con una educación universitaria controlada por las subvenciones del estado.
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