Reflexiones sobre la violencia de George Sorel ( i ): el mito revolucionario
Tan poco tiempo hace desde que George Sorel publicó su obra “Reflexiones sobre la violencia” y tan grande es la distancia ideológica que nos separa de él que uno, al leerlo, no puede evitar pensar que está leyendo a un náufrago de la historia, a un perdedor del pensamiento cuyo nombre está pronto a extinguirse, a desaparecer, un quijote de la libertad cuya alma vagará en breve en el Hades de la erudición extinguiéndose su memoria para siempre. Luchando contra este irresistible destino me propongo comentar algo de su obra.
Mientras la burguesía compasiva europea ponía paños calientes sobre las heridas de los obreros Sorel se preguntaba si era posible la revolución. La decadencia moral de la burguesía era para Sorel un hecho, precisamente la mentalidad claudicante, cobarde y negociadora de la burguesía mostraba hasta que extremo la ideología capitalista carecía de un fuste moral sobre el que sostenerse ¿qué hacer antes de hundirnos en el abismo de los mercaderes del templo, de los filisteos y de los usureros de postín? ¿quién nos librará del mal ya que hasta los dioses parecen muertos? Para Sorel la respuesta sólo puede ser una: el proletario; y de esta respuesta se infiere el carácter marcadamente moral que tiene la revolución social para Sorel.
La revolución no pretende la regeneración del capitalismo ni las concesiones que los “socialistas parlamentarios” prodigan a sus siervos votantes. No. La revolución desea ir mucho más allá y destruir una sociedad de amos y esclavos para construir un mañana en donde el obrero sea un trabajador y un artista, un creador. No importa la longitud de la cadena, mientras siga la estructura de división capitalista del trabajo toda relación de trabajo será una sumisión del trabajador al capital. El obrero, según Sorel, no busca ni debe buscar nuevas concesiones, no debe anhelar sentarse en la mesa en donde se reparte el pastel, su deber es destruir un sistema que es per se corrupto y alienante, todo regateo material entrañará una pérdida moral.
¿Cómo movilizar a las masas para conseguir la derrota del capitalismo? Construyendo un mito revolucionario. Los eslóganes de los intelectuales o las utopías de los burócratas de las ideas carecen de fuerza para movilizar a las masas de obreros. Toda utopía, toda “construcción política” de la intelectualidad se convierte rápidamente en un proyecto reformista pero no revolucionario. Mientras que los mínimos de la utopía son asimilables para el sistema el mito revolucionario no lo es ya que es una realidad total que no admite modificaciones al carecer de una estructura lógica coherente ideológicamente jerarquizada. El mito revolucionario tiene, por lo tanto, esa doble ventaja: no es asimilable por el sistema estatal y es capaz de movilizar a las masas. Sorel propone el mito de la huelga general total para movilizar a la población obrera contra los intereses de la burguesía y de sus lacayos, los intelectuales socialistas; una huelga final en la que las estructuras de opresión del Estado quedarán destruidas por el ímpetu de las masas exaltadas.
No, Sorel no propone el uso bestial de la violencia para conseguir estos objetivos. Contrapone la violencia revolucionaria del mito al resentimiento jacobino del Reinado del Terror. El utopista, el intelectual social que espera un mundo mejor y perfecto en el inmediato mañana desconoce la naturaleza humana y cuando esta naturaleza no entra dentro de su Sistema Feliz introduce al pueblo en un lecho de Procusto para amoldarlo a la medida de su sociedad perfecta. El gulag ruso, el totalitarismo fascista, el Terror de la Francia revolucionaria o los excesos de las teocracias islamistas son ejemplos de como la utopía feliz se convierte en pesadilla al desconocer el alma humana y al pretender centralizar la fuerza y la vitalidad del mito en una estructura jerarquizada y anquilosante, el Estado.





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